

Nuestros artistas han sufrido, como todos,
la fascinación y el vértigo del centro mundial
pero, en general, han sabido ser fieles a sí mismos.
Las tradiciones propias, que en el caso de México
dan una suerte de gravedad espiritual al país, han
sido un factor de equilibrio. Equidistantes de la
seducción del mercado mundial, que da dinero y
fama pero seca el alma, y de la fácil
complacencia del provinciano que se cree
el ombligo del mundo, nuestros pintores deben,
al mismo tiempo y sin contradicción, conservar
su herencia y cambiarla, exponerse a todos los
vientos y no cesar de ser ellos mismos.
Octavio Paz [1].
Abstracción por la naturaleza
Entre la figuración y la abstracción. Tal fue el dilema que enfrentó Rodrigo Pimentel en los inicios de su carrera. De un lado, los cuadros que producía en la Academia de San Carlos eran figurativos, de acuerdo a las enseñanzas de sus maestros; del otro, su interés en la obra de Lilia Carrillo, Manuel Felguérez, Fernando García Ponce y Vicente Rojo, le impulsaban a experimentar con la abstracción. Finalmente, la balanza se inclinó por la pintura no representativa y Pimentel se convirtió en un pintor abstracto.
La época abstracto-informal de Rodrigo Pimentel ocupa un lugar de honor en la historia de la pintura mexicana no representativa. Los cuadros abstractos que produjo desde finales de los años sesenta, durante los años setenta y todavía a principios de los ochenta, son espléndidos, técnicamente impecables, de una factura matérica que nos recuerda a Guinovart, Millares y Tàpies. Lo más interesante de esos cuadros (muchos de ellos con títulos ecologistas), es que revelan la preocupación de Pimentel por el medio ambiente y el deterioro de la naturaleza. Son cuadros que forman parte de una abundante producción pictórica que marcó una época en la historia del arte nacional y que tuvo su punto climático en una exposición memorable: El informalismo en México, realizada en 1980 en el Palacio de Minería, bajo la curaduría de Armando Torres Michúa. La muestra incluyó obras abstractas de numerosos pintores, de distintas generaciones. Pimentel participó como uno de los jóvenes informalistas más destacados.
Figuración enraizada
En los años ochenta, la pintura mexicana dio un giro decisivo, con el resurgimiento vigoroso de la figuración que se expresó a través de distintas tendencias. La corriente principal de la nueva figuración fue el neomexicanismo, en el que confluyeron numerosos artistas con inquietudes nacionalistas, que se apropiaron de diversos elementos de identidad y rescataron la iconografía patria, popular, religiosa, rural y urbana de nuestro país. [2] Autores como Ricardo Anguía, Esteban Azamar, Janitzio Escalera, Julio Galán, Javier de la Garza, Arturo Guerrero, Marisa Lara, Dulce María Núñez, Adolfo Patiño, Georgina Quintana, Froylán Ruiz, Eloy Tarcisio, Germán Venegas y Nahum B. Zenil, entre otros, participaron en esa aventura que inyectó de vitalidad a la pintura mexicana.
Convencido de que su lenguaje abstracto-informal se había agotado, Rodrigo Pimentel retomó la figuración en los años ochenta para sumarse a la oleada pictórica neofigurativa –en su caso dentro de la corriente neomexicanista-, que marcó toda la década y parte de la siguiente. Poco a poco, el maestro michoacano fue creando un estilo personal, inconfundible. Dueño de una gran cultura visual, admirador de Chagall, Dubuffet, Matisse, Picasso y Warhol, entre otros maestros, supo dotar a su obra de una impronta única que lo distinguió siempre. Tomando elementos de aquí y de allá, referencias al arte del pasado y del presente, creó una obra sumamente original, que se impone por sí misma. [3] Se trata de una pintura de violentos choques cromáticos (a la manera del fauvismo), plana o atmosférica, de superficie mate y poca textura, que se caracteriza además por su sentido de mexicanidad, como solía decir el artista. [4]
Con su regreso a la figuración en los años ochenta, Rodrigo Pimentel retomó las enseñanzas de sus viejos maestros de la Academia de San Carlos. De su pincel empezaron a surgir imágenes diversas que con el tiempo conformaron un amplio repertorio iconográfico enraizado en su cultura ancestral. Nacido en un pequeño pueblo al sureste de Michoacán, absorbió desde muy niño imágenes que tiempo después aparecerían en su obra: animales, fiestas, mitos, paisajes…Ocelote (encáustica sobre madera, 1986) es uno de los primeros cuadros de su bestiario fabuloso y colorido, que incluye ardillas, gallos, guajolotes, iguanas, jaguares, lagartijas, mariposas, peces, ranas, tigres, toros, tortugas, venados y hasta naguales (seres míticos capaces de convertirse en animales). Si en su pintura matérica expresa su preocupación por el deterioro del medio ambiente, en sus cuadros de animales y en sus paisajes exalta la naturaleza en toda su grandeza.
Rodrigo
Pimentel vino al mundo dos años después de que emergiera de la tierra el volcán
Paricutín, al que pintó muchas veces como lo hiciera su admirado Dr. Atl. En uno
de sus primeros paisajes, Mujer de Maíz
(óleo sobre tela, 1991), el coloso de fuego aparece en medio de la composición,
mientras que en un primer plano vemos a una mujer gigantesca recostada (una
auténtica diosa), con dos mazorcas como atributo,
soberana absoluta de su entorno. Los paisajes posteriores de Pimentel ya no
incluyen deidades, pues la deidad que se impone es la naturaleza misma en toda
su inmensidad, como protagonista única del discurso. Paisajista de altos
vuelos, el maestro michoacano expresa su asombro ante la naturaleza en cada uno
de sus paisajes, que por lo demás son lecciones magistrales de técnica
pictórica en cuanto al manejo de la atmósfera y el color.
Poco antes de pintar Mujer de Maíz, Rodrigo Pimentel inició una serie sobre dioses prehispánicos inspirada en Saturnino Herrán. A Pimentel le impresionó siempre el tablero central del célebre friso: Nuestros dioses (1914-1915), de Herrán, en el que aparece una fusión misteriosa de Cristo y Coatlicue: la vieja diosa de la tierra acogiendo y devorando a un tiempo el cuerpo crucificado del nazareno. Con esta imagen poderosa en mente, pintó la Coatlicue (óleo sobre tela, 1990) y a otros dioses del panteón prehispánico pero bajo conceptos pictóricos totalmente distintos a los de Herrán. En sus cuadros de dioses prehispánicos (Coyolxauhqui, Huitzilopochtli, Quetzalcóatl, Tezcatlipoca, Tláloc, Xochipilli…), revela el conocimiento que tenía de la cosmogonía azteca, dotando a sus deidades de collares, máscaras, orejeras, pectorales y todos los atributos que nos permiten identificarlos. [5]
Como pintor nacionalista, Rodrigo Pimentel se interesó mucho en las máscaras, esos objetos maravillosos de origen prehispánico que suelen utilizarse en carnavales, fiestas y rituales en distintas regiones de México. Ya sabemos que la máscara cubre la identidad de quien la porta, pero en el caso de las máscaras de Pimentel, es evidente que el pintor se esconde detrás de muchas de ellas, ocultando su rostro para asumir distintas personalidades. Las máscaras son personajes interpretados por el maestro michoacano, quien juega con nosotros: se convierte en lo que quiere cual nagual con el poder de la transmutación. Con una máscara cubriendo su rostro, puede ser un animal, un purépecha de casta y hasta lo que fue en vida: un artista (El pintor, óleo sobre tela, 1989). Se ve a sí mismo como un ser enmascarado, dándole la razón a Octavio Paz: "máscara el rostro y máscara la sonrisa". [6]
El juego de identidades de Rodrigo Pimentel va más allá, como se puede ver en uno de sus autorretratos más celebrados, Convivencia (óleo sobre tela,1995), en el que la máscara es su propio rostro. En una escena cargada de humor negro, pinta una calaca que mira de frente al espectador después de quitarse la máscara: el pintor y la muerte se funden en un mismo personaje. Pero el sentido del humor y la ironía del maestro michoacano se expresa sobre todo cuando se apropia de símbolos nacionalistas para subvertirlos. Uno de sus cuadros más importantes en esta línea es: El nopal (óleo sobre tela, 1991), que por cierto ilustra la portada del espléndido catálogo publicado con motivo de la memorable exposición de Pimentel en el Museo del Palacio de Bellas Artes en 1995: Testigos ausentes. En esta obra un nopal gigantesco que emerge de un volcán ocupa casi toda la tela y sobre él se posan las garras de un águila que devora a una serpiente. En un cuadro de tonalidades rojizas que aluden a los sacrificios humanos, imagina el mito de la fundación de Tenochtitlán. En otro cuadro, Media luna (óleo sobre tela, 1994), imagina los pies de la Virgen de Guadalupe, violentando la imagen sacra de la madre de todos los mexicanos con la aparición inesperada de una serpiente.[3] Sobre las múltiples influencias detectables en la pintura de Rodrigo Pimentel, vid. Teresa del Conde, "Rodrigo Pimentel". En Latín American Art. Scottsdale, Arizona: núm. 2, verano de 1992, pp. 60-62; y también Edward J. Sullivan, "La modernización de la imagen mítica". En Testigos ausentes, catálogo de la exposición del mismo nombre en el Museo del Palacio de Bellas Artes. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Instituto Nacional de Bellas Artes, 1995, pp. 63-71.
[4] "Considero que toda mi obra es mexicanista", me dijo Rodrigo Pimentel en una entrevista que le hice para un periódico michoacano. Vid. Antonio Espinoza, "La pintura es un carnaval". En La nave, suplemento cultural de Provincia. México: año 1, núm. 3, 18 de marzo de 2006, pp. 6-7.
[5] Vid. Antonio Espinoza, "El regreso de los dioses". En Dominical, suplemento de El Nacional. México: año 2, núm. 89, 2 de febrero de 1992, p. 18.
[6] Octavio Paz, El laberinto de la soledad/Postdata/Vuelta a "El laberinto de la soledad". México: Fondo de Cultura Económica, 1981, 1993 y 1994, p. 32.